jueves, 30 de abril de 2009

Secuestros

Y llega un desalmado, toma a su presa: fresca, joven, bonita. Y le pone precio: $500 mil, o mejor $1 millón... Lo vale, lo pagarán...
El secuestrador toma a su víctima y le ajusta una cantidad, la valúa.
El secuestro sólo pudo venir a ocurrir en sociedades capitalistas en las que todo se vende, todo se compra... Vida, muerte, juventud, sexo, más vida, corazón, promesas, ilusiones... Y en una sociedad en la que el capitalismo es una ventisca... Polvaredas...

Ensoñaciones en el café

Parece que el pago es tan poco para los desvelos, para las lecturas, para las ideas... El trayecto, el ayuno. Ahora que todo se pierde en cuentas y la mirada se posa en otras piernas. Ahora el cansancio robustece en el sillón de una cafetería en la que tocan siempre las mismas canciones, comerciales, empalagosas. Los latidos bajan su ritmo y acompañan a un peatón desconocido... Ahora parece escribir desfaces, parece sucumbir al sueño y se ve una escalera azul de madera recargada a una pared húmeda; a un lado hay una niña con las manos entrelazadas. Hay un cuerpo que se mueve al fondo, en la penumbra. Después, la escena de una terapeuta mujer y su paciente gruesa. La primera le dice que no la verá más porque está gorda, la segunda asiente... Ensoñaciones en el café, imágenes de personajes desconocidos que seguramente viajaron por este lugar. Dolor de cabeza punzante. Y el café vino frío acompañado por el curioso chequeo de la mesera, y se terminó de dos sorbos. Los ojos siguen cerrándose pero no se deja de pensar en un otro... el único que amarra la realidad al nombre. Ahora se quiere reír, sobre la solemnidad, los lazos inmunes, las perversas aficiones de los pecadores. Es tan curioso este lado del cubo, en el que cada pedazo de animal defiende su reflejo, defiende su supuesto saber... Cuando se está inmerso en el orden del lenguaje, que nos envuelve delicadamente...
Ahora el café hizo efecto, las ensoñaciones cesaron... El cascarón frágil del sistema nos encierra. Perdiéndose de nuevo...
Esto parece ser una jaula en la que hay que cuidarse, de los hambrientos, de los insaciables, de los que desean la carne humana... Uno nace con la consigna de la autodefensa y la sobrevivencia. Y aún cuando esto apunta a la soledad, se deben crear vínculos, algunos aparentes, otros irreductibles, otros falsos, inversos... Pero todos en pos de la autodefensa. Lo sublime tiene lugar cuando un sujeto se da a otros aún cuando no formen parte de su clan, de su sangre o código. Y así los líderes, los espíritus libres olvidan su propia inserción en el sistema para pasar a otro lugar. Al olvidar la condición del nombre propio en el mundo se le deja a la apropiaciòn permanente de los otros. O bien, el tránsito anónimo e ilegal.
La vida práctica, la salida convencional al tránsito de los años deja una inscripción legal, protección endeble.
El caso es escuchar los quejidos de la tierra. Los hijos malentendidos de un país desquebrajado, en el que nadie pidió nacer. El reproche consecuente de los no deseados. Desearse que desear a partir de la gracia de la vida, del favor de otros que no tienen necesidad de hablar, mucho menos de escuchar y que están en el lugar preciso de uno mismo. Al final uno se hunde en su soliloquio, se casa con sus fantasmas, se goza de sus lágrimas, de sus orgasmos, de su muerte. Al final, el lenguaje se enfrenta al vacío en el que nadie más puede saberle... ¿Y Dios? Al espejo, supongo.