lunes, 30 de julio de 2012

La mesa. (Todo en un acto).

La mesa con su mantel largo, que toca la arena. La luna llena y una vela se reflejan en las copas, en el vino. Las olas rompen cerca.

La cena  esta fría. Hace dos horas que la sirvieron.

              Una pareja sin mirarse. Hablan poco. Nada que tenga que ver con la noche, con la luna, ni con ellos mismos.

Pueden sostener una conversación convencional, tal vez sobre el funcionamiento de los nuevos celulares. Muy corta.

El mira la luna, ella el mar.

No comparten la comida.

Son siempre planos, no se quejan. Nunca se tocan.
Se apresuran para terminar su cena. Para recoger la mesa prestada, los platos, las copas que aun tienen vino. El mantel, que alguno de ellos arrastra y dibuja una linea entrecortada en la arena.

Desaparecen.

Crucificciosos que somos

Un estado de perfección en el que las horas pasan en conciencia total, eso parece. Eso digo. Que la viveza de un rostro denota la curiosidad, la duda, los aposentos de las palabras que aguardan a que se les despierte y salir corriendo… como histéricas jalándose los cabellos. Cuando sólo se trata de amor. Con distintas mociones, y otros matices, pero amor burbujeante, en verdad.
Y se confunde con sufrimiento, y entonces se da cuenta que se esta gozando, con cada pedazo de piel, con cada vena, con cada órgano. Que se vuelve uno diálogo crucificcioso. Crucificcioso.
Y es que en realidad todo esta claro, todo es perfecto. Las personas llegan en el momento preciso, y si prestamos un poco de atención nos resultará sorprendente el más casual de los encuentros. Y sus despedidas aunque dolorosas, siempre nos cambian. Siempre se es diferente al despedirse. Cuando digo esto, digo también que fuera del drama las cosas se vuelven menos complejas, pero quizás menos gozosas. Aprehenderse vivo. Aprender a vivir, sostenerse de la vida desde el comienzo, y dejar que lo único que nos tumbe sea la muerte. En una sensación de perpetuidad… o no. 

martes, 24 de julio de 2012

Granizos


Y se vienen las letras en las horas solas. Del corazón mutilado de esta inalcanzable paciencia. Pregunto. Me pregunto las cegueras. 


Lo saben. Ustedes todo lo saben. Todo sobre cosas de razón y sin razón. Pero del absurdo no. Continuamos bailando. Y ustedes ríen… se nos viene la lluvia entonces. Para refrescar las cabezas. Decires que se impulsan con el golpe del granizo. Asemejan lágrimas… de Eros seguramente.  Acabamos por no hablar, por hacernos piensos. Esperamos una noticia que nos una. Una metáfora que se geste… y la lluvia nos bendice. Golpea las aceras, golpea nuestros cuerpos que caminan solos. Cada uno por una calle distinta… caminamos en el lugar preciso del olvido. 

Paredes

Las paredes pardean, se llenan de humedad... me paro en la madrugada por un poco de agua
la encuentran mis pies, en el charco que se hace por las goteras que todavía no cubro
duermo y me guardo particularmente en mis sueños, vivo cual otra persona -cuales otras muchas-
vivo entonces vidas que no me corresponden
en las que busco y busco entre los muertos
en las notas musicales, entre las paginas de libros empolvados
con tantos rostros tan diferentes
me vuelvo al espejo y tengo un rostro, un nombre y una ocupación particular
y resulta que ninguno y ninguna son particularmente míos tampoco
y me busco escribiendo
escuchándolo todo 
repentinamente dudo si cada voz es tan cierta
si tan de repente dudo si cada segundo es mio, si cada par de ojos que me miran algo quieren decir o simplemente miran
las paredes no dejan de sangrar
los nombres no dejan de doler