lunes, 18 de agosto de 2014

Suaves palabras, dulce de miel, almíbar nocturno.

Siempre miras, incluso cuando duermes, como sujetándote de las pezuñas, hinchando tu cabeza con ideas irrealizables mientras te encuentres en la cama. Basta. Mejor escribiré sólo palabras suaves, porque siento astillas encajarse en mis dedos, y cuando eso pasa o hay que callar o hay que acaramelar el momento: todo se soluciona por medio de la palabra. Si es que no se ha, ya desbordado. Parece por el texto, por el entre-texto que he vivido muchas vidas en la misma. Que he llenado muchos vasos y he consumido muchos inciensos y velas. Tiemblo meciéndome con el viento pero repentinamente una ventisca arrastra plumas, tierra y polen, arrojándomelo todo violentamente a los ojos. Ardían. Lloré por varios minutos convirtiendo mis lágrimas en lluvia, la lluvia en charco. El charco, el charco. Dejar que corra el agua hace que el mundo se vuelva demasiado seco. Pero si intento retenerla sin control puedo ahogarme. Dejar que fluya. Y luego los oleajes y las láminas que vuelan también con el viento fuerte, es peligroso, deberías saberlo, podrían un buen día cortarte la cabeza, perderás las ideas y tu sentido del humor. Tal vez has perdido la cabeza un montón de veces y eso lo explica todo. Aunque reniegues de las faltas y despedidas sabes que lo único perdido eres tu mismo. Yo creo que he muerto varias veces, ¿debería entonces rezar?