sábado, 7 de mayo de 2016

Domingo



Envejecer y encontrarse solo, volteando a ver personas ajenas a nuestro cotidiano, éstas cambian, como cambia la verde pradera de la granja en la que montábamos cuando niños, cambia y pasa, lentamente. Hasta encontrarse en una habitación de hospital, camilla de colchón tieso, plastificado, con barrotes. Recuerda la cuna, recuerdan las risas de los pasillos a los juegos con los hermanos, la mano de la enfermera a la suave y cálida mano de madre, cuidado de madre. Quédese enfermera, otra vez quiero mear… enfermera, me duele, madre, me duele, me duele el corazón de no verte, espero hacerlo pronto. Afuera se alcanza a ver un pino esbelto mecerse lentamente con el aire, baila con las nubes en composición, y los parientes que cuidan y observan extraños y generosos dicen a media voz: es la anestesia, así ha estado, como que no quiere hablar, parece que delira. Casi no hay pelos en el cuerpo, es lo bueno, el cuerpo cubierto es el último resquicio de pudor y de intimidad. No sé si algún día todos vayan a estar desnudos, sería bueno, les recordaría que son iguales… o quizás todos con batas de enfermos, batas airando las nalgas. De los precipicios mundanos se escapa con artimañas, dinero, posición. Pero la desnudez recuerda nuestra humanidad, nuestra fragilidad, antes que la muerte. Entonces casi desnudos cagando con ayuda en la cama no podemos sino sentirnos vulnerables y muy cercanos a la muerte.
En un colchón tieso y con restos de dolor un sueño profundo.

Nada nuevo

A veces, cuando pienso en la eternidad me arrepiento. Es un concepto que nos amarra en vida a alguien y no nos deja entregarnos en el momento preciso. La eternidad nos da pie a pensar que podremos expiar nuestras culpas después… que tendremos un castigo o una recompensa a nuestro sacrificio. Lo único cierto es que tenemos un tiempo de vida, que somos mortales y que un descuido abruptamente nos roba el aliento y todos los daños causados, o el buen aporte hecho se queda acá… y punto. Entonces hay una prolongación de nuestras acciones en la tierra… pero tampoco pueden ser eternas. La eternidad da una calma ceremoniosa para quien sufre una pérdida. En el pensamiento religioso se otorga una recompensa prometida para quien ha sufrido o ha sido postergado, sobajado. Para la víctima se espera eterna felicidad. 
Permitir que nos sigan haciendo daño no es amar la vida… es amar una idea, es egoísta. Por nuestra propia salvación dejamos que los poderosos sigan sirviéndose. Ese no es el mundo que ninguno de nosotros se imaginó de niño… que ahora no queremos que los niños se enteren que es.