lunes, 27 de junio de 2016

Lotófagos



Me digo que la brisa del mar como la arena se llevan en la piel, en la memoria del cuerpo. Le dedico las notas de mi sueño que se hacen sonar con los recuerdos. Porque hay una parte de nuestro ser que se compone por delgados hilos o fibras, como puedan imaginarlos. Su número es distinto en cada uno de nosotros, quienes tienen pocos o muy finos se rompen fácilmente. Generalmente uno no sabe que los tiene hasta que llega alguien y los toca y suenan notas hermosas, pero de cuando en cuando los revientan. No, no se regeneran. Pero uno puede decidir quién los toca y de qué manera… Nada. No está bien ponerse romántica, pues se quedan las palabras en el lugar de las nubes, allí, sobrevolando algunas ciudades que ni siquiera conocemos; porque corren con el agua de uso diario, jabonosa, burbujeante. No hay especial. No hay luna de amor ni miel en las camas. Pero respeto aún su espacio, sus pies son miembros fantasmas para mi cuerpo. Me suena el agua con la misma claridad que me suena su nombre, su tos por las noches… me suenan los pasos distintos, el tiempo, los maullidos. No está bien ponerse romántica.

Mejor me haré creer que está en otro país
En uno frío donde las ramas del loto crecen de entre las banquetas y el agua
enredándose en los tobillos de los que allí viven
Que las enredaderas les cubren los ojos
apenas los dejan moverse y no, no los dejan volar
Además, no sabrían a dónde porque el fruto les ha hecho olvidar

(No, es quizás demasiado dramatismo)

O puedo pensar que decidió aceptar una misión al espacio
entonces estudiaré la relatividad del tiempo
encontraré de cuando en cuando
nos podríamos pensar simultáneamente
Lo miraré en el cielo nocturno y él estará en la historia
de los que aman a la astronomía
Pensaré en Siberia, en la Antártida, en el Polo Norte
mientras encuentro la punta del hilo
que parece, se me ha perdido.


martes, 14 de junio de 2016