martes, 27 de junio de 2017

Culumna 10: La domesticación de la violencia



¿Quién volverá a mirar con ojos de ilusión a nuestro país? Poco a poco se ha ido filtrando la violencia hasta hacerse parte de nosotros, de nuestra cotidianeidad, prefijo de cada amanecer noticioso. Es peligroso cuando ya ni siquiera las muertes alcanzan a escandalizar, a asustarnos- ya dejamos de preguntarnos. Y se cuelan frases de derrota en esa ruptura del tejido social, como: “es que así está en todos lados”, “los maleantes dominan el país” o “la culpa es del gobierno”. Dice Eduardo Galeano que la utopía se encuentra en el horizonte, que si damos un paso ella se aleja dos, nos hace caminar. El problema es que hemos dejado de mirar al horizonte y vamos con nuestras cabezas gachas: fijos y absortos en nuestra propia esclavitud. Hemos dejado de mirar también al pasado, las lecciones de psicología positiva han tenido sus resultados, “vive el presente”. En lo personal soporto poco leer las noticias, hurgo entre los contenidos y evito lo relativo al presidente, al espionaje, y a las increíbles noticias de realce social como la boda del gobernador del Estado de México, priista. La bronca es que aparece allí aunque uno no quiera. Con todos los medios a nuestro alcance creemos que tenemos la libertad de escoger, pero es mentira, ellos dominan nuestros ojos y guían nuestras voluntades. Allí estaba la nota que me importaba un pepino, con sus 600 invitados -¡es ridículo!- y por otro lado muy escondidas noticias como el asesinato de cuatro jóvenes en Durango. No es posible que personas de cargos públicos, burócratas que deberían trabajar por el bien común se vuelvan personajes más intrigantes que los rockstars. Hace algunos años, en la era del –rockstar- Felipe Calderón me dediqué por unos meses a contar las muertes violentas en nuestro país. Era frecuente llegar a las 200 diarias. Aquella búsqueda infinita me comenzó a afectar bastante, jamás terminaría. En mayo pasado se contaron 2254 homicidios dolosos y 1246 culposos en todo el país. Pero yo ya no cuento. Nada importante pasa ya para que este país cambie. No esperemos que ocurra en voz de los políticos, ellos sólo tomarán sus cargos y harán las pocas cosas que se les ocurran para cumplir y las muchas que se les ocurran para robar. O bien, sigamos inmersos en este valle de lágrimas, sacando día a día la fuerza para seguir adelante. Ahora sigo una sola columna semanal, la de Guillermo Fadanelli. Es una voz de aliento venida desde la contemplación del abismo, me anima, me da un poco de esperanza.

Caídas



Con los años y las decepciones vividas de repente uno cree que ya estuvo. Que ya nada -además de la muerte de un ser querido- puede volver a dolernos. Hasta que de repente pasa: alguien hace algo tan terrible como para derribarnos días enteros... Y es peor cuando ni siquiera tienen la decencia de disculparse. Entonces se llora y se reviven antiguas dolencias que parecían sanadas. Con mucha voluntad, meditación y borracheras uno puede encontrarse nuevamente completo y decirse a sí mismo: sigo vivo, se siente, se atraviesa a la realidad, cada vez más hecho a la idea de que así son las cosas. Nos sacudimos las rodillas, minimizamos la traición de aquel a quien le abrimos todas las posibilidades. Justificamos al otro con nuestra propia culpa por dejarnos vencer. Intentamos bailar nuevamente, pero temerosos definitivamente, con la predisposición para volver a caer… y es que vienen los golpes cuando uno menos los imagina.

viernes, 16 de junio de 2017

Se trata sólo de poesía. No es amor ni nada.



Se trata sólo de poesía: no lo entenderías
hiciste de mi cuerpo una casa
de mi aliento y mi escucha una pausa
Dormimos, enredados con el heno en la garganta
Volvías cuando querías como visitante a un familiar cercano 
(allí hay cervezas)
Y yo en escucha, febril y desgastada
Puedo llorar tanto que me cohíbo
Puedo llorar tanto que mis lágrimas delatan
la sonrisa que me he dibujado con tanto detenimiento
Lloro porque has quemado mis esperanzas. 
Lloro porque no tienes vergüenza
y yo… yo aún te espero
Es que se trata de poesía. 
jamás entenderías.

Columna 9: Hipocresía

Básicamente he ido en la vida tolerando a los otros. Ahora entiendo porque muchos viejos se vuelven amargados y pusilánimes. Que difícil se puede volver tolerar la antipatía de alguien que nos atiende o las sonoras risas de un compañero de asiento en el metro, los berridos de un niño berrinchudo que sus padres no tienen la menor idea de cómo controlar. Estas desventuras en el transcurrir del estrechamiento social pueden verse tan alegre o amargadamente como la vida nos haya llevado a ver dados los escenarios previos que nos mostró. Nuestras venas se recubren de esencias con cada experiencia vivida, con cada desafortunado o afortunado encuentro con los otros. La amargura es savia que circula por el torrente sanguíneo. Exactamente: soportar. No nos enseñan a no tener que soportar, sino a ser complacientes y educados. Y entonces vamos por la vida tolerando a todos los que parecen más fuertes, aguantando discriminación, injusticia, engaño. Además debería enseñarse que nadie tiene porque soportarnos, que nadie tiene el deber de cargar con nuestras necedades y mentiras. Se debería enseñar a ser para los otros buena disposición y alegría, claridad e impulso… y no a hundirlos, humillarlos y luego ponerles el pie encima. Además en nuestros países conquistados esto se vive más familiarmente, parece que nos sentimos cómodos con ello. Hace falta decir “no” una y otra vez hasta que nos demos cuenta de cómo eso puede cambiarnos la vida. En el fondo lo deseamos tanto, quisiéramos gritar y mandar a la tierra de la chingada a tantas personas… pero nos hacemos los hipócritas, tomamos un poco de aire y jugamos a que los roles algún día cambien.

martes, 6 de junio de 2017

Columna 8: Basura

"Soy como un nazi. Si me dicen mata, mato."
Eso me dijo mi supervisor en el trabajo un día. No vale la pena recordar la situación ni el momento en sí, la verdad es que casi lo he olvidado, pero esas palabras son como un sello puesto en su frente y desde ese día para mí se convirtió en una bestia sin escrúpulos. Por supuesto que no es la primera vez que escucho algo así, sobre todo de gente a la que se le ha quitado el derecho de pensar o que en el transcurso de la vida y demás ocupaciones ya ha olvidado cómo. Es lamentable que la maquinaria laboral nos haya convertido en simples piezas completamente reemplazables y que además estemos de acuerdo con ello acostumbrados a girar día a día con o sin aceite. Ya nada me sorprende. Estos lugares -de lujo- están forzados a funcionar de manera excepcional, simulando que la educación es agua fresca que fluye en su corriente natural, pero eso no es verdad. Es una ilusión que debe pagarse a un precio muy alto. Es curioso que la amabilidad y buenas maneras -desde el sonreir- deban estipularse en listados impuestos por empresas que aseguran a los dueños del mundo que recibirán el trato exclusivo que se merecen en cualquier lugar, sin importar otra cosa. Y lo más curioso de todo es que se hagan cumplir por jefes que llaman a sus subordinados: "basura".