lunes, 12 de agosto de 2019

ARCHIVO


Visualizo una puerta, abro, hay una empinada escalera  iluminada por velas. En cada escalón hay cajones, al abrirlos uno encuentra ficheros bien organizados, por día, fecha y hora. A medida que se bajan escalones la intensidad de la luz decrece. Pero hay de cuando en cuando velas, espaciadas. Si se abre un cajón se puede leer todo lo acontecido un día: suelen ser los momentos especiales o traumáticos, que deben ser fáciles de recuperar en casos desesperados. No está tan ordenado en algunas secciones, la redacción está cortada... hay espacios en blanco. 

Llegué a dos cajones cuando se me atravesó de  pronto un ratón y grité. El cajón que decidí abrír estaba un poco atascado, tuve que jalar y mover hacia arriba y hacia abajo, rechinó y se atoró, metí la mano rasgando un poco la piel pues el metal está un poco oxidado y filoso. Tomé una ficha, amarillenta y escrita con letra grande y muy marcada en tinta azul, decía:

“El dolor se convierte en sangre y pus, en una zona que rodea a la feminidad y a la vida, hace perder pedazos, como si fuese a desintegrarse. No responde a ninguna enfermedad, es sólo un síntoma que al ser hablado y al lograr cumplir su función de reclamo, desaparece”. 

Guardé la tarjeta en su lugar cuando todas las luces se apagaron, corrió un aire húmedo y caliente. 

Me senté entonces en el escalón, sin lograr cerrar el cajón. Comencé a palpar lo que tenía cerca. El piso era de piedra, lisa al centro y sumamente porosa en sus extremos. Al lado derecho comenzaba a abrirse una escuadra, lo que indicaba que el camino no era sólo la escalera, balanceé mi mano por ese hueco y tumbé algo; se escuchó como vidrio al caer y romperse en muchos pedazos. Me recosté en los escalones recogiendo mi cabello, me quedé dormida y soñé que subía una torre por una escalera de caracol muy iluminada, hasta que llegué al último nivel y no había nada distinto, corría más el aire y la vista podía ser espectacular.

Al despertar, las luces estaban encendidas nuevamente. Estaba sudando, hacia demasiado calor y ya no soplaba nada de aire, me parecía que me faltaba respirar, al incorporarme y bajar un par de escalones una gotera me refrescó la cabeza, alcé mis labios y bebí el agua más fresca que jamás hubiese probado, allí me detuve, se desprendía cierto olor de flores nocturnas.

Así, a ciegas en el húmedo archivo, continúo.

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