Visualizo una puerta, abro, hay una empinada escalera iluminada por velas. En cada escalón hay cajones,
al abrirlos uno encuentra ficheros bien organizados, por día, fecha y hora. A
medida que se bajan escalones la intensidad de la luz decrece. Pero hay de
cuando en cuando velas, espaciadas. Si se abre un cajón se puede leer todo
lo acontecido un día: suelen ser los momentos especiales o traumáticos, que
deben ser fáciles de recuperar en casos desesperados. No está tan ordenado en
algunas secciones, la redacción está cortada... hay espacios en blanco.
Llegué a dos cajones cuando se me atravesó de
pronto un ratón y grité. El cajón que decidí abrír estaba un poco atascado, tuve
que jalar y mover hacia arriba y hacia abajo, rechinó y se atoró, metí la mano
rasgando un poco la piel pues el metal está un poco oxidado y filoso. Tomé una
ficha, amarillenta y escrita con letra grande y muy marcada en tinta azul, decía:
“El dolor se convierte en sangre
y pus, en una zona que rodea a la feminidad y a la vida, hace perder pedazos,
como si fuese a desintegrarse. No responde a ninguna enfermedad, es sólo un
síntoma que al ser hablado y al lograr cumplir su función de reclamo,
desaparece”.
Guardé la tarjeta en su lugar
cuando todas las luces se apagaron, corrió un aire húmedo y caliente.
Me senté entonces en el escalón,
sin lograr cerrar el cajón. Comencé a palpar lo que tenía cerca. El piso era de
piedra, lisa al centro y sumamente porosa en sus extremos. Al lado derecho
comenzaba a abrirse una escuadra, lo que indicaba que el camino no era sólo la
escalera, balanceé mi mano por ese hueco y tumbé algo; se escuchó como vidrio
al caer y romperse en muchos pedazos. Me recosté en los escalones recogiendo mi
cabello, me quedé dormida y soñé que subía una torre por una escalera de caracol
muy iluminada, hasta que llegué al último nivel y no había nada distinto, corría
más el aire y la vista podía ser espectacular.
Al despertar, las luces estaban
encendidas nuevamente. Estaba sudando, hacia demasiado calor y ya no soplaba
nada de aire, me parecía que me faltaba respirar, al incorporarme y bajar un
par de escalones una gotera me refrescó la cabeza, alcé mis labios y bebí el
agua más fresca que jamás hubiese probado, allí me detuve, se desprendía cierto
olor de flores nocturnas.
Así, a ciegas en el húmedo archivo, continúo.
Así, a ciegas en el húmedo archivo, continúo.
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