domingo, 29 de junio de 2014

De: Postrasfiguración y Apocalipsis

Se nos escurren rápidamente estos días,  y si uno pone atención, si uno se fija detalladamente en lo que ocurre a diario con los seres humanos puede darse cuenta que se ha rebasado toda terrorífica predicción del futuro. Alguna vez creí que el aprendizaje de errores pasados, de catástrofes y guerras, de los resultados de la avaricia, desprecio y racismo encontrarían su fin gracias al raciocinio humano, y que se contemplarían nuevas formas de gobierno, se vencería a la hambruna y toda relación entre seres vivos y naturaleza se armonizaría.  Pero ahora es más sencillo ignorar lo que nos pasa y preocuparnos únicamente por el bienestar propio. La cultura del hedonismo vuelca al ser humano en la oscuridad del pensamiento. Estamos idiotizados. Tan cansados de vivir estamos que es necesario tener un teléfono inteligente, permanecer conectado o lanzar un robot a la luna.
Suele llamarse “crisis”, pero es evidente que esta se ha desgarrado, ha sido llamada así para crear la ilusión de que un día despertaremos y habrá desaparecido. Parece más “decadencia” o cualquier demonio responsable. Lo que pasa es que el ser humano está volviéndose otra cosa.
Aunque seamos cada vez más personas, el ser humano se está extinguiendo.
Tal vez todos estaremos enfermos o cambiados en un futuro, voluptuosidades balbuceantes, sumamente violentas, dependientes de dispositivos y adoradores del dinero.
Seguro es el vómito del tiempo todo… Todos arrollándonos en una maraña de problemas sociales. En una red de ideas tergiversada por la accesibilidad. La "crisis" envuelve como fina gasa que lo cubre todo. Hay gran temor de que las cosas sigan así y empeoren… que además según expertos en áreas diversas lo más seguro es que todo empeore. Se contemplan tantas apocalípticas posibilidades que parece nunca llegarán de tajo porque la maldición del Apocalipsis sería la atemporalidad. La muerte lenta y dolorosa de la humanidad, refiriéndose no sólo a tantas personas que perecen o desaparecen en la catástrofe todos los días, sino a la esencia, a los aceites de humanidad que quedan en cada uno de nosotros. 
Y quién sabe ahora cuánto más seguiremos así, el mundo cambia gradualmente, singularmente. Y uno puede tajar, rasgar, detener, quebrar o acomodarse en el sofá e ir a comprarse. Parece que en las pequeñas acciones cotidianas se encuentra el desafío, que en estos momentos es crucial.  
La única forma en que el individuo siga viviendo es que vuelva a ser humano. 




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