Envejecer y encontrarse solo, volteando a ver personas ajenas a nuestro cotidiano, éstas cambian, como cambia la verde pradera
de la granja en la que montábamos cuando niños, cambia y pasa,
lentamente. Hasta encontrarse en una habitación de hospital, camilla de colchón
tieso, plastificado, con barrotes. Recuerda la cuna, recuerdan las risas de los
pasillos a los juegos con los hermanos, la mano de la enfermera a la suave y cálida
mano de madre, cuidado de madre. Quédese enfermera, otra vez quiero mear…
enfermera, me duele, madre, me duele, me duele el corazón de no verte, espero
hacerlo pronto. Afuera se alcanza a ver un pino esbelto mecerse lentamente con
el aire, baila con las nubes en composición, y los parientes que cuidan y
observan extraños y generosos dicen a media voz: es la anestesia, así ha
estado, como que no quiere hablar, parece que delira. Casi no hay pelos en el
cuerpo, es lo bueno, el cuerpo cubierto es el último resquicio de pudor y de
intimidad. No sé si algún día todos vayan a estar desnudos, sería bueno, les
recordaría que son iguales… o quizás todos con batas de enfermos, batas airando
las nalgas. De los precipicios mundanos se escapa con artimañas, dinero,
posición. Pero la desnudez recuerda nuestra humanidad, nuestra fragilidad,
antes que la muerte. Entonces casi desnudos cagando con ayuda en la cama no
podemos sino sentirnos vulnerables y muy cercanos a la muerte.
En un colchón tieso y con restos de dolor un sueño profundo.
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