Estaba orgullosa porque gracias a su promedio
había sido seleccionada para ser parte de la escolta escolar. Esa mañana
estrenó calcetas “Periquita” blancas, con ligeras grecas que se le figuraban a
las líneas de condominios en donde vivían desde que podía recordar. Su madre le
servía el desayuno mientras le mostraba la manera de mantenerse erguida. Quizás
resultó todo tan bien que su regreso a casa debía romper con toda la alegría
ese día. A sabiendas de que no hay felicidad completa, corrió de todos modos
subiendo de dos en dos los escalones hasta el cuarto piso. Al entrar se
encontró a su madre tumbada en el suelo, una vez más ella estaba ebria… la
ilusión de llegar a contarle cada movimiento se desvaneció al recibir el vómito
en su uniforme aún impecable.
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