sábado, 21 de julio de 2018

Victoria


Tuve un sueño sumamente extraño. Todo comenzó mientras me miraba al espejo, tenía unos 20 años más, estiré mi rostro y lo refresqué con agua fría. “No es posible”, pensaba, tratando de convencerme de que estaba soñando. Pasé entonces a un recorrido escolar, iba con mi novio que de repente me montaba una escena de celos afirmando que yo andaba con uno de los profesores, decía que ya estaba acostumbrado a eso, que sus últimas parejas lo dejaron siempre por alguien más… y yo tratando de convencerlo de que era sólo su imaginación: de hecho me causaba repulsión la idea, aunque disfrutaba de su miedo también. Discutíamos cuando nos interrumpió el barullo al final del pasillo, caminé hacia allá y me encontré entonces en un hotel de época victoriana. Me saludó una mujer que al parecer ya se había hospedado con nosotros –claramente yo trabajaba allí-, me fijé que tenía una cicatriz ancha y larga en el cuello, iba a preguntarle lo que le había pasado cuando sobrevinieron gritos desde la habitación cercana. Corrimos adentro y nos encontramos con su yerno desnudo en la cama, en posición fetal, amordazado y atado a un contrabajo, y con otro hombre que estaba atado de igual manera pero a un bandolón, en el suelo. Entre gritos la esposa del primero pedía ayuda. Fue cuando un gigante gordo y estúpido sonrió a la gente de afuera y dijo: “bye”, apretando un control remoto con lo que provocó que las ventanas y puertas de la habitación comenzaran a cerrarse. Pero lo más aterrador es que había una mujer que nadie conocía atada con cables y de cabeza en una de las ventanas, vestía atuendo de aquella época en colores rosados, sus calzones eran blancos y bombachos hasta las rodillas. Entonces, al cerrar la cortina metálica, la cuerda le comenzó a cercenar las piernas, parecía estar desmayada. Aquello era una regadera de sangre y yo estaba perpleja, incapaz de recuperar el control, era ya muy tarde. Ahora estábamos a ciegas en el caos.

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