Tuve un sueño sumamente extraño. Todo comenzó
mientras me miraba al espejo, tenía unos 20 años más, estiré mi rostro y lo
refresqué con agua fría. “No es posible”, pensaba, tratando de convencerme de que estaba soñando. Pasé entonces a un recorrido escolar, iba con mi novio que
de repente me montaba una escena de celos afirmando que yo andaba con uno de
los profesores, decía que ya estaba acostumbrado a eso, que sus últimas parejas
lo dejaron siempre por alguien más… y yo tratando de convencerlo de que era
sólo su imaginación: de hecho me causaba repulsión la idea, aunque disfrutaba
de su miedo también. Discutíamos cuando nos interrumpió el barullo al final del
pasillo, caminé hacia allá y me encontré entonces en un hotel de época victoriana.
Me saludó una mujer que al parecer ya se había hospedado con nosotros –claramente
yo trabajaba allí-, me fijé que tenía una cicatriz ancha y larga en el cuello,
iba a preguntarle lo que le había pasado cuando sobrevinieron gritos desde la habitación
cercana. Corrimos adentro y nos encontramos con su yerno desnudo en la
cama, en posición fetal, amordazado y atado a un contrabajo, y con otro hombre que estaba atado de igual manera pero a un bandolón, en el suelo. Entre gritos
la esposa del primero pedía ayuda. Fue cuando un gigante gordo y estúpido
sonrió a la gente de afuera y dijo: “bye”, apretando un control remoto con lo
que provocó que las ventanas y puertas de la habitación comenzaran a cerrarse. Pero lo
más aterrador es que había una mujer que nadie conocía atada con cables y de cabeza
en una de las ventanas, vestía atuendo de aquella época en colores rosados, sus
calzones eran blancos y bombachos hasta las rodillas. Entonces, al cerrar la
cortina metálica, la cuerda le comenzó a cercenar las piernas, parecía estar
desmayada. Aquello era
una regadera de sangre y yo estaba perpleja, incapaz de recuperar el control, era
ya muy tarde. Ahora estábamos a ciegas en el caos.
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