Tengo miedo de salir a la calle. Cuando debo
hacerlo sea la hora que sea volteo a todos lados y aguzo el oído. A veces, me
parece incluso olfatear, cualquier aroma extraño puede dar pistas de atacantes.
Me da miedo ir al seguro social, de por sí padezco de cierta ansiedad, no
soporto las filas ni el mal humor de alguien que, se supone, trabaja en lo que
eligió y además gana dinero, no soporto que me maltraten y en todo caso, me
parece que ando con un escudo. Tengo miedo de que la policía y más aun el
ejército se me acerque. Para ello intento pasar desapercibida. Soy mexicana. Tengo
ciertos derechos, supongo. Pero me da miedo caminar por el centro de cualquier
ciudad del país, me da miedo la policía, encontrarla cuando viajo sola en la
carretera qué espanto. No voy al seguro, prefiero aguantar el dolor, la
enfermedad. Me da tristeza ver al país así. Tengo miedo de contestar el
teléfono. Aunque es mejor pensar que “cuando te toca te toca” me da miedo que
ser mexicano esté más cercano a la tragedia que a las buenas historias. Entonces
nos limitamos a enorgullecernos por los tacos, el tequila y nuestra desesperada
valentía. Aun con generaciones escindidas, con la mitad de su población viviendo
en la pobreza, con miles de desaparecidos, aun intentando cruzar a un país en
el que no se nos quiere. Aun siendo saqueados por empresas extranjeras y por
mexicanos estúpidos que se logran un cargo lamiendo culos… aún así y con miedo,
aún así y soportando. Aún así y viendo a la sociedad descomponerse, porque vive
con miedo y desconfianza permanente. Cierto derecho de poder vivir, trabajar,
estudiar, sin que nadie pueda echarme de este territorio. Pero tengo miedo de
todos modos. Ser mexicano adquiere sentido cuando se grita con aires de
victoria, en calidad de sobreviviente: “¡Viva México, cabrones!”.
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