sábado, 24 de marzo de 2018

Holbox. Resumen de viaje.


Camino y camino lo más posible, para estar distraída y no pensar, cuando el fin era hacerlo. Pero para eso no hace falta transportarse, uno puede reflexionar en el baño o al pie de la cama. Allí preferí caminar, primero compulsivamente, luego el cuerpo iba cediendo. Llevé mi libreta conmigo pero me costaba trabajo desprender mi mirada del horizonte, de las aves, de la gente disfrutando. A las 9:30 am estaba cruzando en el ferry. La gente va tomando fotos, videos; yo, el aire y el sol. Entonces vi cuatro delfines muy cerca, uno de ellos se asomó un poco más, saludando. Ninguna cámara pudo grabarlo. Llegué a ese lugar de callecitas sin pavimentar y coloridos murales y por impulso me alejé de los lugares más atiborrados. Quizás 30 minutos después me asomé al mar. Había encontrado el lugar perfecto al que volví dos veces más. El sol ardía y las aguas estaban tranquilas. Había dos hamacas disponibles que no parecían pertenecer a ningún hotel en particular. Allí pude tenderme por unos minutos. Ya entonces había decidido quedarme a pasar la noche, pero no tenía hotel. Esta inquietud me hizo abandonar el momento más perfecto del mar, la temperatura y el viento calmo. Ya no lo volví a ver igual de azul, igual de tranquilo. Cuando los momentos se presentan ante nosotros debemos vivirlos, porque después, aunque creamos que podemos reconstruirlos han quedado atrás, incluso nosotros no seremos los mismos, sólo hay que despreocuparse un poco y dejarse llevar. Ahora quisiera regresar el tiempo y haberme quedado allí unas horas. Lo que hice fue caminar hasta llegar a punta Cocos. Hay casitas a pie del mar, aguas cristalinas y casi nadie en el trayecto.
Más tarde, después de caminar por dos o tres horas, y de encontrar una habitación en Ik, regresé al mismo sitio. Ahora sí, tenía lo que necesitaba para disfrutar del atardecer en esa hamaca, pero el viento comenzó a arreciar, las corrientes de agua, aunque es una playa larguísima por la que caminas y caminas y no te pasa el agua de la cintura, se hicieron más violentas. Me senté en la arena a esperar que se escondiera el sol. Pasé un momento en una especie de ensueño, disfrutando de imágenes reconfortantes y apacibles. Me despertó un grupo de muchachos… en su mundo perfecto había una bocina con reggaetón. Soporté quizás 5 minutos, me puse de pie y me dirigí un poco más lejos, a unos 10 metros quizás. Nuevamente pude irme con el viento y la brisa, las imágenes flotando con el agua, sumergiéndome, olvidando cualquier demanda. 
Se me fue el tiempo. Regresé a la habitación que estaba a unos 15 minutos caminando. Me bañé, me recosté y salí a buscar algo de comer. Hay varios puestos en el parque central pero los locales que ofrecen pizzas son los más solicitados, por ser la de langosta el platillo emblema. Por allí donde está el bar más concurrido que es The Corner encontré una taquería, cené unos muy calientes frijoles charros. Pensé en ir a algún bar y conocer gente, pero al llegar a la esquina mis pies me llevaron de vuelta a mi cuarto. Compré una botella de agua y fui a dormir. Había silencio, sólo a lo lejos podía distinguirse un poco la música del centro y de un piano bar que quizás tiene el aire más arrabalero del lugar, me imaginé que además de esa luz roja que alcanzaba a verse desde la calle también olería a orines y tendría sillas y mesas de plástico, una mesera enseñando la barriga y los tirantes de un brasier que hiciera contraste con su blusa. Decidí que era suficiente imaginarlo. Me quedé dormida casi de inmediato. 
Al día siguiente bebí café en un restaurante que se encuentra frente al parque. Me fui en bicicleta hacia Punta Mosquito y vi que podía ir más allá de no ser porque llevaba mis cosas, allí no era necesario llevar nada, quizás solamente una botella de agua. Es increíble caminar por un banco de arena o nadar o solo sentarse a esperar el atardecer. Aunque viajo ligera a veces se olvida que lo más ligero es no llevar nada. Recorrí y admiré ese lugar de troncos secos, de caparazones muertos, caminé por esa alfombra de conchas y piedrecitas que proveen de un sutil masaje. Observé a las aves o ellas me observaron, distinguí 5 o 6 tonos de azul en el mar.
De regreso comí ceviche en Las Panchas, el lugar más recomendado cuando preguntas por mariscos. Luego regresé a mi playa. Abrí el libro de Haruki Murakami, quien comenzó a escribir a los 30 años por una revelación de esas que les llegan a algunos afortunados. Hoy es amado tanto como criticado, pero escribe. En un relato sobre un individuo que hace fogatas en el mar y su conversación con un alma joven me detengo. “…el fuego tiene una forma libre, adopta la forma del corazón de la persona que lo está mirando”. Para que un fuego sea libre debe encenderse de esa manera, en libertad.
El viento soplaba muy fuerte. Era hora de regresar.


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