Camino
y camino lo más posible, para estar distraída y no pensar, cuando el fin era
hacerlo. Pero para eso no hace falta transportarse, uno puede reflexionar en el
baño o al pie de la cama. Allí preferí caminar, primero compulsivamente, luego
el cuerpo iba cediendo. Llevé mi libreta conmigo pero me costaba trabajo
desprender mi mirada del horizonte, de las aves, de la gente disfrutando. A las
9:30 am estaba cruzando en el ferry. La gente va tomando fotos, videos; yo, el
aire y el sol. Entonces vi cuatro delfines muy cerca, uno de ellos se asomó un
poco más, saludando. Ninguna cámara pudo grabarlo. Llegué a ese lugar de
callecitas sin pavimentar y coloridos murales y por impulso me alejé de los
lugares más atiborrados. Quizás 30 minutos después me asomé al mar. Había
encontrado el lugar perfecto al que volví dos veces más. El sol ardía y las
aguas estaban tranquilas. Había dos hamacas disponibles que no parecían
pertenecer a ningún hotel en particular. Allí pude tenderme por unos minutos.
Ya entonces había decidido quedarme a pasar la noche, pero no tenía hotel. Esta
inquietud me hizo abandonar el momento más perfecto del mar, la temperatura y
el viento calmo. Ya no lo volví a ver igual de azul, igual de tranquilo. Cuando
los momentos se presentan ante nosotros debemos vivirlos, porque después,
aunque creamos que podemos reconstruirlos han quedado atrás, incluso nosotros
no seremos los mismos, sólo hay que despreocuparse un poco y dejarse llevar.
Ahora quisiera regresar el tiempo y haberme quedado allí unas horas. Lo que
hice fue caminar hasta llegar a punta Cocos. Hay casitas a pie del mar, aguas
cristalinas y casi nadie en el trayecto.
Más
tarde, después de caminar por dos o tres horas, y de encontrar una habitación en
Ik, regresé al mismo sitio. Ahora sí,
tenía lo que necesitaba para disfrutar del atardecer en esa hamaca, pero el
viento comenzó a arreciar, las corrientes de agua, aunque es una playa
larguísima por la que caminas y caminas y no te pasa el agua de la cintura, se
hicieron más violentas. Me senté en la arena a esperar que se escondiera el
sol. Pasé un momento en una especie de ensueño, disfrutando de imágenes
reconfortantes y apacibles. Me despertó un grupo de muchachos… en su mundo
perfecto había una bocina con reggaetón. Soporté quizás 5 minutos, me puse de
pie y me dirigí un poco más lejos, a unos 10 metros quizás. Nuevamente pude
irme con el viento y la brisa, las imágenes flotando con el agua,
sumergiéndome, olvidando cualquier demanda.
Se
me fue el tiempo. Regresé a la habitación que estaba a unos 15 minutos
caminando. Me bañé, me recosté y salí a buscar algo de comer. Hay varios
puestos en el parque central pero los locales que ofrecen pizzas son los más
solicitados, por ser la de langosta el platillo emblema. Por allí donde está el
bar más concurrido que es The Corner encontré una taquería, cené unos
muy calientes frijoles charros. Pensé en ir a algún bar y conocer gente, pero
al llegar a la esquina mis pies me llevaron de vuelta a mi cuarto. Compré una
botella de agua y fui a dormir. Había silencio, sólo a lo lejos podía
distinguirse un poco la música del centro y de un piano bar que quizás tiene el
aire más arrabalero del lugar, me imaginé que además de esa luz roja que
alcanzaba a verse desde la calle también olería a orines y tendría sillas y
mesas de plástico, una mesera enseñando la barriga y los tirantes de un brasier
que hiciera contraste con su blusa. Decidí que era suficiente imaginarlo. Me
quedé dormida casi de inmediato.
Al
día siguiente bebí café en un restaurante que se encuentra frente al parque. Me
fui en bicicleta hacia Punta Mosquito y vi que podía ir más allá de no ser
porque llevaba mis cosas, allí no era necesario llevar nada, quizás solamente
una botella de agua. Es increíble caminar
por un banco de arena o nadar o solo sentarse a esperar el atardecer. Aunque viajo
ligera a veces se olvida que lo más ligero es no llevar nada. Recorrí y admiré ese lugar de troncos secos, de caparazones muertos,
caminé por esa alfombra de conchas y piedrecitas que proveen de un sutil
masaje. Observé a las aves o ellas me observaron, distinguí 5 o 6 tonos de azul
en el mar.
De
regreso comí ceviche en Las Panchas, el lugar más recomendado cuando
preguntas por mariscos. Luego regresé a mi playa. Abrí el libro de Haruki
Murakami, quien comenzó a escribir a los 30 años por una revelación de esas que
les llegan a algunos afortunados. Hoy es amado tanto como criticado, pero
escribe. En un relato sobre un individuo que hace fogatas en el mar y su conversación
con un alma joven me detengo. “…el fuego tiene una forma libre, adopta la forma
del corazón de la persona que lo está mirando”. Para que un fuego sea libre
debe encenderse de esa manera, en libertad.
El
viento soplaba muy fuerte. Era hora de regresar.

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