Subo al taxi antes de las siete, no ha salido el sol. El taxista no habla,
huele a mueble viejo, utilizado por muchas personas, él y su taxi huelen
igual. Indico el camino. Llego a casa de un viejo amigo. Hace tiempo no habla
conmigo pero igual me invita a pasar con dulce gesto en su rostro. Me conduce
hasta una vía de tren, subimos y el cochecito empieza a andar. La vía parece
apenas sujeta al risco, no puedo ver el fondo, vamos, ni siquiera me atrevo a
echar ojo. Parece que flotamos en el vacío. El va muy divertido, yo
aterrada. Por fin llegamos, pasamos una rejilla y a nuestro lado
izquierdo se ubica algo como un psiquiátrico –al menos eso creo-, seguimos sin
hablar pero me presenta a tres mujeres: la que se convierte en cucaracha, otra
que escupe pequeñas mariposas por la boca, y la tercera que parlotea sobre mi
futuro. Me parece entonces que estamos en un patio libre y alegre. Salimos de
allí porque debo visitar a su madre, quien normalmente trabaja conmigo en la
cocina y se encuentra en cama. El olor a vick vaporub y alcohol
se riegan por la habitación azul. Vestida de blanco y con su cabello igualmente
blanquecino pero más largo de lo normal, apenas me puede decir algunas
palabras, entonces noto lo grisáceo de su piel, mientras que él
escucha entre las sombras, atrás, tal vez, de un biombo de madera decorado con
flores de colores. Hay mucha gente en su casa y me llama especial atención el féretro
dispuesto al centro de la sala, hay velas dondequiera, el ambiente es
por demás lúgubre, tanto que creo que podría tratarse de una farsa. Peor cuando
pregunto a un hombre sobre lo que sucede y suelta sonora carcajada. Me parece
que la tarde está por caer. Salgo de allí con mi amigo y traigo en mis manos a
la cucaracha mujer. Afuera de la casa -o adentro- veo un gran parque.
Emocionado me lleva a una habitación llena de muñecos, me acerco pero solamente
puedo verlos por fuera, a través de los barrotes. Distingo personajes, casi
todos muertos, todos aquellos que él puede admirar están allí, hechos muñecos.
En eso lo llaman, seguramente por lo de su madre. Entonces la cucaracha mujer
se enfada, me ataca, vuela, se va porque la dejó sola conmigo, me siento
realmente preocupada. A su regreso parece no importarle la noticia. Seguimos
caminando, llegamos a una hilera de murales deformes, sostenidos por hilos
finos, como si fueran títeres.
Continúo sola, el paisaje se va abriendo, encuentro una cascada que corre
muy despacio, el agua es cristalina y cae sobre arena fina de matices
turquesas, no sobre rocas. Tomo un puño, quiero llevarla conmigo, empujo para
dar velocidad a la corriente cuando en la radio hablan de la escasez de agua.
Adelante hay un bosque de árboles llorones, muy verdes, se mecen
suavemente. Camino de vuelta y encuentro estanques de peces y ranas –antes
no estaban allí- y meto la mano para ver como están hechos, parecen ser
grandes tinas de lámina galvanizada cubiertas con musgo. En eso un mono araña
pasa junto a mí visiblemente asustado. Un tigre, una jirafa y un caballo corren
hacia el gran paisaje. La mujer cucaracha no ha vuelto. No quiero que me agarre
la noche, regreso a la entrada -o salida- y doy un abrazo a mi amigo, -quien
por cierto, no me habla-.
Afuera espera el taxi, huele más a viejo, el chófer huele más a
mueble.
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