domingo, 12 de agosto de 2012

Si no me buscas yo te encuentro

Subo al taxi antes de las siete, no ha salido el sol. El taxista no habla, huele a mueble viejo, utilizado por muchas personas, él y su taxi huelen igual. Indico el camino. Llego a casa de un viejo amigo. Hace tiempo no habla conmigo pero igual me invita a pasar con dulce gesto en su rostro. Me conduce hasta una vía de tren, subimos y el cochecito empieza a andar. La vía parece apenas sujeta al risco, no puedo ver el fondo, vamos, ni siquiera me atrevo a echar ojo. Parece que flotamos en el vacío. El va muy divertido, yo aterrada. Por fin  llegamos, pasamos una rejilla y a nuestro lado izquierdo se ubica algo como un psiquiátrico –al menos eso creo-, seguimos sin hablar pero me presenta a tres mujeres: la que se convierte en cucaracha, otra que escupe pequeñas mariposas por la boca, y la tercera que parlotea sobre mi futuro. Me parece entonces que estamos en un patio libre y alegre. Salimos de allí porque debo visitar a su madre, quien normalmente trabaja conmigo en la cocina y se encuentra en cama. El olor a vick vaporub y alcohol se riegan por la habitación azul. Vestida de blanco y con su cabello igualmente blanquecino pero más largo de lo normal, apenas me puede decir algunas palabras, entonces noto lo grisáceo de su piel, mientras que él escucha entre las sombras, atrás, tal vez, de un biombo de madera decorado con flores de colores. Hay mucha gente en su casa y me llama especial atención el féretro dispuesto al centro de la sala, hay velas dondequiera, el ambiente es por demás lúgubre, tanto que creo que podría tratarse de una farsa. Peor cuando pregunto a un hombre sobre lo que sucede y suelta sonora carcajada. Me parece que la tarde está por caer. Salgo de allí con mi amigo y traigo en mis manos a la cucaracha mujer. Afuera de la casa -o adentro- veo un gran parque. Emocionado me lleva a una habitación llena de muñecos, me acerco pero solamente puedo verlos por fuera, a través de los barrotes. Distingo personajes, casi todos muertos, todos aquellos que él puede admirar están allí, hechos muñecos. En eso lo llaman, seguramente por lo de su madre. Entonces la cucaracha mujer se enfada, me ataca, vuela, se va porque la dejó sola conmigo, me siento realmente preocupada. A su regreso parece no importarle la noticia. Seguimos caminando, llegamos a una hilera de murales deformes, sostenidos por hilos finos, como si fueran títeres.
Continúo sola, el paisaje se va abriendo, encuentro una cascada que corre muy despacio, el agua es cristalina y cae sobre arena fina de matices turquesas, no sobre rocas. Tomo un puño, quiero llevarla conmigo, empujo para dar velocidad a la corriente cuando en la radio hablan de la escasez de agua. Adelante hay un bosque de árboles llorones, muy verdes, se mecen suavemente. Camino de vuelta y encuentro estanques de peces y ranas –antes no estaban allí-  y meto la mano para ver como están hechos, parecen ser grandes tinas de lámina galvanizada cubiertas con musgo. En eso un mono araña pasa junto a mí visiblemente asustado. Un tigre, una jirafa y un caballo corren hacia el gran paisaje. La mujer cucaracha no ha vuelto. No quiero que me agarre la noche, regreso a la entrada -o salida- y doy un abrazo a mi amigo, -quien por cierto, no me habla-.
Afuera espera el taxi, huele más a viejo, el chófer huele más a mueble.


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