Y quién sabe ahora cuánto más
seguiremos así, el mundo cambia tan despacio, gradualmente, singularmente. Y
uno puede tajar, rasgar, detener, quebrar. Parece que en las pequeñas acciones
cotidianas se encuentra el desafío, que en estos momentos es crucial. Hay que
provocar cosas, remover, volcar. Todo se ha vuelto fangoso, estamos estancados.
Seguro es el vómito del tiempo todo… Todos arrollándonos en una maraña de
problemas sociales. En una red de ideas tergiversada por la accesibilidad. La
crisis envuelve como fina gasa que lo cubre todo. Hay gran temor de que las
cosas sigan así y empeoren… que además según los expertos en todas las áreas lo
más seguro es que todo empeore… desde el clima hasta las condiciones de vida de
cada ser humano. Se contemplan tantas apocalípticas posibilidades que parece
que nunca llegarán porque la maldición del apocalipsis sería la atemporalidad.
La muerte lenta y dolorosa de la humanidad, refiriéndose no a cada cuerpo, sino
a la esencia, a los aceites de humanidad que quedan en cada uno de nosotros.
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