jueves, 24 de octubre de 2013

Me digo que escribo...

Estoy forzándome a escribir temas que no quiero, en realidad mis preocupaciones -que son las que por lo general logran golpearme o disfrutarse entre líneas- ahora se han desbordado, y diré que he dado tiempo, espacios en blanco, momentos de aburrimiento físico e intelectual, para recuperarlas  Cosas que sólo puedo curar escribiendo. Es que últimamente estoy tan cansada. Lo digo no como una queja del trabajador habituado a 12 horas diarias, es un cansancio que no se detiene en la cama ni en el sueño profundo. Lo se porque me he dedicado domingos enteros a yacer en la cama para terminar con la espalda tiesa. He salido a correr para concentrarme únicamente en mi respiración, me quedo en casa, escucho jazz, me tumbo a leer. Luego llega la mañana y una nueva y larga jornada y haga como sea el cansancio no se termina. Entonces se me ocurre que mi desesperación y mis carencias solamente se alivian al escribir. Y lo más jodido es que escribo para decir que escribo. Me parece que al pasar esa ligera línea y lograr escribir porque es el medio, la manera en que la forma toma... ese acto preciso es la yaga a mostrar, es la negación del placer en cuanto dado para si, el rechazo del auto placer para “darle” a otro, descobijarle o amordazarlo, o cobijarle como tantos que se cobijan ya muertos en este suelo rojo. La puntualidad de la palabra no puede ser juzgada por quien la emite muchas veces, tal como los lapsus que Freud describe, en los que es preciso otro para que estos cobren valor o siquiera se sepa que son. Esta manía de escribirme por tantos años me lleva al encierro, a la falta de fe en otros, a la negación misma de mi palabra. Yo misma me niego una y otra vez que exista, y solamente logro obtener chispazos de felicidad cuando, como hoy, termino un escrito. 

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