Estoy forzándome a escribir temas que no
quiero, en realidad mis preocupaciones -que son las que por lo general logran golpearme o disfrutarse entre líneas- ahora se han desbordado, y diré que he dado tiempo, espacios en blanco, momentos de aburrimiento físico e
intelectual, para recuperarlas Cosas que sólo puedo curar escribiendo. Es que últimamente estoy
tan cansada. Lo digo no como una queja del trabajador habituado a 12 horas
diarias, es un cansancio que no se detiene en la cama ni en el sueño profundo.
Lo se porque me he dedicado domingos enteros a yacer en la cama para terminar
con la espalda tiesa. He salido a correr para concentrarme únicamente en mi
respiración, me quedo en casa, escucho jazz, me tumbo a leer. Luego llega la
mañana y una nueva y larga jornada y haga como sea el cansancio no se termina.
Entonces se me ocurre que mi desesperación y mis carencias solamente se alivian
al escribir. Y lo más jodido es que escribo para decir que escribo. Me parece
que al pasar esa ligera línea y lograr escribir porque es el medio, la manera
en que la forma toma... ese acto preciso es la yaga a mostrar, es la negación
del placer en cuanto dado para si, el rechazo del auto placer para “darle” a
otro, descobijarle o amordazarlo, o cobijarle como tantos que se cobijan ya
muertos en este suelo rojo. La puntualidad de la palabra no puede ser juzgada
por quien la emite muchas veces, tal como los lapsus que Freud describe, en los
que es preciso otro para que estos cobren valor o siquiera se sepa que son.
Esta manía de escribirme por tantos años me lleva al encierro, a la falta de fe
en otros, a la negación misma de mi palabra. Yo misma
me niego una y otra vez que exista, y solamente logro obtener chispazos de
felicidad cuando, como hoy, termino un escrito.
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