Ahora no importa el desarrollo, ni la
seguridad… no se puede intentar desarrollarse y quedarse inmóvil, tantos años.
El circulo de los cinco años, el retorno cada día, cada uno igual. Imagino que
hermoso hubiera sido escribir el libro de esa historia, nuevos capítulos con
líneas de llanto de felicidad por volver a verse: eso hermoso, adorable. Pero
he de pensar que la separación y el dolor también lo son y he de gozarlo. Que se escriben dos historias diferentes, cruzadas en un punto (es la
vida). Se agradecen las desventuras también. Se trata de vivir sin
pensar demasiado en lo que debe hacerse, en lo que está bien o mal… ¿y quién lo
sabe? Cada uno que viva a su manera. Ser un solitario en la andanza, buscándose
un cambio en el azar, un brinco del circulo, amando cada pequeño golpe y cada
dolor que son inevitables, como es inevitable la polvareda que llega en medio de
la ventisca a nuestros ojos. Otra de las otra posibilidades sería quedarse
encerrado, cómodo en su escritorio, lo cual se puede para las
grandes mentes que no necesitan moverse de un lugar para viajar. En el mundo
capitalista, en esta sociedad llena de lugares, clasificaciones y letargos hay
todos los preceptos necesarios para hacer cualquier cosa; ya no queda pie a la
imaginación o al propio trazo del destino por fatal que este resulte, todos
tratan de asegurar el futuro y la noción del presente se desvanece en un
compendio de lo que debemos hacer, de los pasos para lograrlo, del lugar ideal
al que se debe pensar llegar. Además de evitar el dolor, la imperfección, la
incomodidad. ¿Y si no ir a ningún lugar? ¿Por qué no? Es insoportable que la
vida se haya vuelto un régimen disciplinario convulso de yuxtaposiciones. No
hablo de libertad y mucho menos intento hacer un prontuario de los vicios sociales
de occidente. Hablo de la vida, del amor al destino, del amor fati.
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