Al
despertar me llenaba de tristeza ver ese techo de palapa. Al despertar me
llenaba de alegría ver la parte alta de la litera, la base cuadriculada del
soporte del colchón en el que dormía un español. Luego, la alfombra vieja y la
construcción victoriana, con su clásico ventanal. Al despertar me miraba en los
pedazos del espejo que había puesto, rotos, dos yoes. Separada, en las nubes
blancas de un cuarto azul. Tardé mucho en intentar unirlos. Al despertar estaba
su espalda cubierta de chispas que podía contar incansablemente o seguir con el
dedo sus suaves líneas tatuadas… Feliz, la besaba. Al despertar estaban los
barrotes de la cuna en la que embarraba mis mocos, había toda una colección: mi
primera colección, me sentía orgullosa. Al despertar en un cuarto, luego en
otro, ¿dónde estamos?, ¿qué haremos hoy? Al despertar el sonido del mar, las
ventanas con los mosquiteros verdes, los ronquidos de mi padre, el desayuno
amoroso de mi madre. Al despertar cielo azul, pocos días, bellos. Casas
distintas de amigos. Al despertar la puerta con su vista al patio central,
noches, mañanas, madrugadas. Quiero cama, más cama. Al despertar, un taller,
mucho desorden, intentos de ser artista, clavos, pintura, tablas, techo con
humedad. Soledad, miedo. Al despertar el teclado. Corre, el teclado, el café.
Nada más. Al despertar neblina, saludos al sol, las mejores fotografías.
Volveré a dormir.
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