viernes, 16 de septiembre de 2016

Dos mil dieciséis

Querer llorar ajeno, llorar sin luto, sin chantaje. Llorar sin ninguna razón, como alguien que ve cerca a la muerte -es ninguna  y son todas las mismas razones por las que uno se mantuvo con vida… esperando o amando. Y entonces se escurren las lágrimas así nada más, y se cierran los ojos para contenerlas forzosamente, deténganse canallas…- Se intenta pensar en un lugar arbolado, pero no es buena idea porque los arboles acompañan a la tristeza, se mecen al ras, con tantos años que tienen para contar de otros, de los cambios, de las amenazas… entonces pensar en otra cosa: en salsa quizás, en lo torpe que uno es al intentar bailarla… Eso es una buena idea para olvidarse del tropel de sentimientos. Dan ganas de llorar cuando se quiere amar en transparencia y no se puede, dan ganas de llorar cuando uno se ha equivocado, cuando uno se muerde los labios para aguantarse las palabras que quieren fluir tal como los orines. Puede parecerse melodramático, hasta rídiculo o abandonado... entonces mejor se baila, se brinca y se dicen pendejadas fuera de aparente lugar. Es extraño.

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