No sólo se dejó de llevar rosas a
las mujeres. No sólo se dejó pasar eso de que a las mujeres no se les toca ni con
el pétalo de una rosa. Si no que ahora las espinas de los rosales son
enterradas en sus gargantas. Sus cuerpos convertidos en despojos son echados a
los basureros. En lo personal no recuerdo cuándo fue la última vez que caminé
por la calle sin sentirme insegura, generalmente voy a la defensiva, tengo que
cruzar la banqueta si veo un grupo de hombres, prefiero evitar sentarme junto a
ellos en el transporte público. No es miedo, es una simple precaución que ya se
me ha vuelto costumbre. Pero los hombres pueden, se sienten con el derecho de
invadir el espacio de una mujer, pueden. Se han sentido con el derecho de “tomarlas”
y de “poseerlas”. Ser mujer especialmente
en estos países sometidos y no verse alguna vez en la vida agredida o
menospreciada es casi cuestión de suerte, un volado que muchas no tienen
oportunidad de contar con una sonrisa en los labios. Esta semana murió Jenni,
una joven que hace un mes fue quemada por su esposo. Porque pudo, porque quiso.
Esta semana también, un juez llamado Anuar González Hemadi otorgó amparo a uno
de “Los Porkys” asegurando que no había en él lascivia ni deseos de copula. Cosificando
el cuerpo femenino, permitiendo que en la ley se hable de este como un lugar común
en el que los hombres pueden meter mano y no ser culpables si lo hicieron sin excitación.
En alguna ocasión un conocido me dijo: “bienvenida al mercado de la carne”. Por
aquello de que las mujeres “trabajan” su cuerpo y su imagen para venderles a los
hombres. Entre más se trabaja más oportunidades de que a alguno le interese. Estúpido,
pensé. Pero quizás tenía razón en el punto en el que el capitalismo ha atravesado
a los individuos, y efectivamente ocurren los fenómenos que en cualquier
mercado, se trafica, se roba, se usa, se mata y las mercancías son las mujeres,
los menores, los débiles.
No hay comentarios:
Publicar un comentario