jueves, 26 de marzo de 2020

Cactus

Todo lo que relato a continuación ocurrió en un sueño. 
Parece que me encuentro en la campiña. Estoy escribiendo apoyada en un escritorio de madera, hay un ventanal a mi derecha y otro al frente. No logro concentrarme porque en la planta baja hay tres hombres conversando a gritos. En eso, entra en la habitación una mujer de unos 45 años con una niña y un niño. Me saludan con familiaridad aunque percibo que estoy invadiendo su espacio. Me recuesto en la cama y escucho como llega más gente, es una reunión... En algún momento bajo a la cocina, luego entro al baño porque comienzan a salirme brotes como de cactus. Al arrancarlos se viene el trozo de piel, es muy doloroso. 
Después voy conduciendo una camioneta pequeña de redilas, voy por un camino recto, estrecho y arbolado, en tonos verdes y amarillos, cuando un éxodo de cangrejos azules enormes bloquea el camino. Me detengo porque no quiero aplastarlos, algunos pueden volar y uno se me enreda en el cabello. Está casi muerto cuando mi acompañante -hasta entonces dí cuenta de que alguien viajaba conmigo- me lo quita y sugiere comerlo. Lo cocinamos más tarde y nos lamentamos por no haber cogido uno más grande. Luego, conviviendo en la reunión, un ave quiere que la enseñe a manejar, es de sexo femenino y tiene 130 años, dice que sabe muchas cosas, pero no manejar. No me atrevo a enseñarle y pido a uno de los señores que lo haga por mí. El ave come tacos y chile serrano. Los vecinos observan, curiosos.
Después, estoy ya en el trabajo con mis alumnas de arquitectura que llevan maquetas con sus diseños. Pienso que van a morir porque les brotan espinas en las piernas. Luego me tranquilizo cuando comprendo que solo vamos a convertirnos en cactus. Les doy ánimos y les pido que se dejen eso y terminen sus tareas.

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