Un estado de perfección en el que las horas pasan en
conciencia total, eso parece. Eso digo. Que la viveza de un rostro denota la
curiosidad, la duda, los aposentos de las palabras que aguardan a que se les
despierte y salir corriendo… como histéricas jalándose los cabellos. Cuando sólo
se trata de amor. Con distintas mociones, y otros matices, pero amor burbujeante, en verdad.
Y se confunde con sufrimiento, y entonces se da cuenta que
se esta gozando, con cada pedazo de piel, con cada vena, con cada órgano. Que
se vuelve uno diálogo crucificcioso. Crucificcioso.
Y es que en realidad todo esta claro, todo es perfecto. Las
personas llegan en el momento preciso, y si prestamos un poco de atención nos resultará sorprendente el más casual de los encuentros. Y sus despedidas aunque
dolorosas, siempre nos cambian. Siempre se es diferente al despedirse. Cuando
digo esto, digo también que fuera del drama las cosas se vuelven menos complejas,
pero quizás menos gozosas. Aprehenderse vivo. Aprender a vivir, sostenerse de la
vida desde el comienzo, y dejar que lo único que nos tumbe sea la muerte. En
una sensación de perpetuidad… o no.
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