martes, 9 de mayo de 2017

COLUMNA 6: Mudanza



La semana pasada un tipo me ayudó a transportar un colchón de mi anterior estudio al actual. El hombre vestía de blanco, pantalones cortos y camiseta mitad fajada, mitad fuera como disimulando la colgante barriga. Estaba manchada de algún líquido rojo. Al presentarse me dio el tufo de aquel que dejó de tomar un par de horas antes para curar la peda del día anterior. Alcohol, sudor, pedos y eructos eran la mezcla que se alcanzaba a distinguir al abordar su camioneta. Me pidió disculpas por la suciedad y desorden. Luego, tras darle las indicaciones de mi nuevo domicilio inmediatamente comenzó a pavonearse: se aplaudía su éxito laboral, se justificaba por hacer fletes –sólo en temporada baja, decía- hablaba sobre su departamento, sus ganas de irse a vivir a Canadá, su próximo viaje a Guadalajara, su divorcio, su independencia. Al hablar sus ojos se salían dejando ver sus venas rojas y grisáceas. Estuve feliz de llegar y me apresuré a bajarme de aquel tugurio. Me ayudó a subir el colchón y me apresuré a pagarle… Entonces me di cuenta que no sería tan sencillo sacarlo de mi habitación. Como es mi costumbre cuando un escenario me incomoda, comienzo a analizar las posibilidades de que ocurra algo, las formas de huida, instrumentos de defensa y las características físicas de mi oponente. Esta sensación se repite con frecuencia. Me cuido de los hombres y me cuido de los perros callejeros: son peligrosos y en realidad cuando atacan no hay mucho más que hacer, sólo resistir... Por fortuna se despidió amablemente ofreciéndose para cualquier cosa que yo necesitara sin volver a cobrarme, después me envió una perturbadora imagen de un ramo de rosas. No quiero sentirme vulnerable pero he aprendido a vivir con límites, de caminar, de sentarme en determinado lugar, de cruzar una calle, de salir a cierta hora. Hoy estuve llorando por los últimos asesinatos ocurridos a mujeres en nuestro país, las demás somos sobrevivientes…  




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