La semana pasada un tipo me ayudó
a transportar un colchón de mi anterior estudio al actual. El hombre vestía de
blanco, pantalones cortos y camiseta mitad fajada, mitad fuera como disimulando
la colgante barriga. Estaba manchada de algún líquido rojo. Al presentarse me
dio el tufo de aquel que dejó de tomar un par de horas antes para curar la peda
del día anterior. Alcohol, sudor, pedos y eructos eran la mezcla que se
alcanzaba a distinguir al abordar su camioneta. Me pidió disculpas por la
suciedad y desorden. Luego, tras darle las indicaciones de mi nuevo domicilio
inmediatamente comenzó a pavonearse: se aplaudía su éxito laboral, se
justificaba por hacer fletes –sólo en temporada baja, decía- hablaba sobre su
departamento, sus ganas de irse a vivir a Canadá, su próximo viaje a
Guadalajara, su divorcio, su independencia. Al hablar sus ojos se salían
dejando ver sus venas rojas y grisáceas. Estuve feliz de llegar y me apresuré a
bajarme de aquel tugurio. Me ayudó a subir el colchón y me apresuré a pagarle…
Entonces me di cuenta que no sería tan sencillo sacarlo de mi habitación. Como
es mi costumbre cuando un escenario me incomoda, comienzo a analizar las posibilidades
de que ocurra algo, las formas de huida, instrumentos de defensa y las características
físicas de mi oponente. Esta sensación se repite con frecuencia. Me
cuido de los hombres y me cuido de los perros callejeros: son peligrosos y en
realidad cuando atacan no hay mucho más que hacer, sólo resistir... Por fortuna se despidió amablemente ofreciéndose para
cualquier cosa que yo necesitara sin volver a cobrarme, después me envió una perturbadora imagen de un ramo de rosas. No quiero sentirme vulnerable pero he aprendido a vivir con límites, de caminar, de sentarme en determinado lugar, de cruzar una calle, de salir a cierta hora. Hoy estuve llorando por los últimos asesinatos ocurridos a mujeres en nuestro país, las demás somos sobrevivientes…
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