martes, 2 de mayo de 2017

Columna 5: Andando en la oscuridad

Que no se me juzgue. Trataré de justificar la ausencia de dos semanas de una columna que prometí, aparecería cada martes. Estuve durmiendo en un hostal mientras encontraba casa, tan buen tiempo pasé allí, tan bueno como para no querer irme. Por esos días anduve caminando, midiendo distancias, y en bicicleta por toda Playa, toda y no toda, porque hay zonas en donde definitivamente no quería vivir, quizás porque una se vuelve quisquillosa y asustadiza con el tiempo. En esos andares encontré dos cenotes, uno de ellos especialmente apestoso, un hoyo de aguas negras, escabroso, muerto. En general no me gusta ser parte de esto, pero una trata de hacerse a la idea, cierra los ojos, escucha música. Encontré un lugar para vivir y una supuestamente amigable perra que me recibió con una mordida en la mano. Sin poder trabajar por ocho días decidí viajar, fui hacia Mérida. Allí quise, además de perderme en el centro a placer, visitar algunos cenotes. Fui al municipio de Homun, en donde conocí a Darío que en su moto taxi me condujo por pequeñas y accidentadas brechas a descubrir cinco cenotes, todos tan diferentes. Allí, verdaderamente olvidé cualquier cosa. Había buscado información e imágenes en internet y comprendí que no hay foto que refleje lo que se ve y se siente dentro de un cenote. Es en donde el tiempo, las voces y el silencio confluyen por miles de años. Darío conoce 70 de los 300 cenotes que hay en su población. Me contó algunas historias: como que las formas de las rocas son el vestigio de almas, que un cenote virgen puede pedirte que salgas, con voces, viento y movimiento agresivo del agua. Después fui a Tecoh, a las grutas de Tzabnáh: adentro hay 13 cenotes. Allí Tomás fue mi guía, increíble... Él ama ese lugar, le pide permiso para entrar, lo acaricia, ama sus formas, su silencio; entra solitario cuando quiere estar solo, va a nadar en días de descanso. Vive parte de su vida bajo tierra y tras cinco años de trabajar allí todavía se pierde y también puede salir sin la ayuda de una linterna. De repente se escucha una gota de agua que se ha deslizado lentamente por los cuerpos rocosos. Aquello es un museo en tinieblas, lleno de texturas, brillos e historias. Y nadar allí, me lo dijo quien me recomendó visitarlo: "es como flotar en el universo". Pensé que podría sentir miedo allí dentro pero lo duro fue salir y enfrentar al mundo, de hecho me pareció tener un ataque de pánico en el colectivo... Miedo, es decir a los humanos.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bien Mayra experimentaste después de todo lo que te había sucedido un espectáculo a niveles de consciencia profundo "lo que es y lo que será" la realidad de nuestros orígenes, no te espantes tanto por la especie humana y la destrucción que existe, tienes el privilegio de conocer esa parte de ti, así como también sobresalir en "la realidad" el mundo diseñado a nuestra manera, bonito día Mayra :)

Anónimo dijo...

Al recorrer estas líneas me transporté a esos lugares y pude acompañarte en ese recorrido.
Excelente

. luluego

Krista Leonor dijo...

Gracias Alexcei,lo que pasa es que el contraste en este lugar es muy intenso. Hay demasiada belleza y por ende hay quienes se aprovechan de ella hasta destruirla. Trato de no tener miedo, te prometo... Un abrazo.

Krista Leonor dijo...

Gracias por acompañarme...