Volver a la ciudad es dejarse
envolver un poco por el caos, pero con la seguridad de estar en casa, puesto
que el propio corazón se llena de felicidad por volver a encontrar a las
personas más entrañables. Guadalajara es una ciudad difícil de habitar, difícil
para sobrevivirla a pesar de su magia un tanto oscura... en lo personal no he
encontrado la manera todavía, entonces le huyo cuando no se me presenta otra
panorámica. Además esto de huir asemeja una pequeña muerte, en la que uno se
ausenta, se esconde y vive un poco aislado de ese fluir de los días y del
tiempo en la ciudad natal, en la que están los lazos más resistentes. La mar de
las historias… se deja uno llevar por el rio, por alguna vena abierta que no se
sabe en realidad a dónde habrá de desembocar. A veces quisiera quedarme ya de
fijo allí, y anunciar mi domicilio como algo parte de mi identidad, de mi
naturaleza, de mi dominio. Irme, continuar yéndome me permite verme y verle
desde otro ángulo, bajo diversas circunstancias en territorio desconocido.
Aunque no tengo la certeza de en qué momento inició mi travesía y aunque mucho
menos tengo idea de cuándo terminará, por alguna razón sé que será cuando desee
volver a casa y quedarme allí para esperar a la muerte definitivamente, sin miedo alguno. Hay
respuestas que sólo pueden encontrarse con la lejanía y sentimientos que sólo
pueden aflorar cuando falta un poco de riego. Lamento el tono grisáceo de estas letras puesto que se tiñieron en el camino de regreso con la nostalgia que implica la desdepedida, cuando el nos vemos anuncia también la despedida siguiente.
Justo al volver a la ciudad en la
que ahora habito, recibí un mensaje de mi madre: se acabaron los fuegos
artificiales, decía.
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