Básicamente he ido en la vida tolerando a los
otros. Ahora entiendo porque muchos viejos se vuelven amargados y pusilánimes. Que
difícil se puede volver tolerar la antipatía de alguien que nos atiende o las
sonoras risas de un compañero de asiento en el metro, los berridos de un niño
berrinchudo que sus padres no tienen la menor idea de cómo controlar. Estas desventuras
en el transcurrir del estrechamiento social pueden verse tan alegre o amargadamente
como la vida nos haya llevado a ver dados los escenarios previos que nos
mostró. Nuestras venas se recubren de esencias con cada experiencia vivida, con
cada desafortunado o afortunado encuentro con los otros. La amargura es savia
que circula por el torrente sanguíneo. Exactamente: soportar. No nos enseñan a
no tener que soportar, sino a ser complacientes y educados. Y entonces vamos
por la vida tolerando a todos los que parecen más fuertes, aguantando discriminación,
injusticia, engaño. Además debería enseñarse que nadie tiene porque soportarnos,
que nadie tiene el deber de cargar con nuestras necedades y mentiras. Se debería
enseñar a ser para los otros buena disposición y alegría, claridad e impulso… y
no a hundirlos, humillarlos y luego ponerles el pie encima. Además en nuestros países
conquistados esto se vive más familiarmente, parece que nos sentimos cómodos
con ello. Hace falta decir “no” una y otra vez hasta que nos demos cuenta de
cómo eso puede cambiarnos la vida. En el fondo lo deseamos tanto, quisiéramos gritar
y mandar a la tierra de la chingada a tantas personas… pero nos hacemos los hipócritas,
tomamos un poco de aire y jugamos a que los roles algún día cambien.
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