viernes, 16 de junio de 2017

Columna 9: Hipocresía

Básicamente he ido en la vida tolerando a los otros. Ahora entiendo porque muchos viejos se vuelven amargados y pusilánimes. Que difícil se puede volver tolerar la antipatía de alguien que nos atiende o las sonoras risas de un compañero de asiento en el metro, los berridos de un niño berrinchudo que sus padres no tienen la menor idea de cómo controlar. Estas desventuras en el transcurrir del estrechamiento social pueden verse tan alegre o amargadamente como la vida nos haya llevado a ver dados los escenarios previos que nos mostró. Nuestras venas se recubren de esencias con cada experiencia vivida, con cada desafortunado o afortunado encuentro con los otros. La amargura es savia que circula por el torrente sanguíneo. Exactamente: soportar. No nos enseñan a no tener que soportar, sino a ser complacientes y educados. Y entonces vamos por la vida tolerando a todos los que parecen más fuertes, aguantando discriminación, injusticia, engaño. Además debería enseñarse que nadie tiene porque soportarnos, que nadie tiene el deber de cargar con nuestras necedades y mentiras. Se debería enseñar a ser para los otros buena disposición y alegría, claridad e impulso… y no a hundirlos, humillarlos y luego ponerles el pie encima. Además en nuestros países conquistados esto se vive más familiarmente, parece que nos sentimos cómodos con ello. Hace falta decir “no” una y otra vez hasta que nos demos cuenta de cómo eso puede cambiarnos la vida. En el fondo lo deseamos tanto, quisiéramos gritar y mandar a la tierra de la chingada a tantas personas… pero nos hacemos los hipócritas, tomamos un poco de aire y jugamos a que los roles algún día cambien.

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